Breguet-Tourbillon-No-2567

Los tourbillons del inventor

by 艾曼紐.寶璣

«Ciudadano Ministro (…), gracias a este invento he logrado compensar las anomalías causadas por las distintas posiciones de los centros de gravedad y del movimiento del regulador (…)».

Así se expresó Abraham-Louis Breguet en la carta dirigida al ministro del Interior que acompañó el expediente sellado entregado a la secretaría de la Prefectura del departamento del Sena, en París, el 25 de diciembre de 1800.

Seis meses más tarde, el 26 de junio de 1801, o 7 Messidor año IX, como se fechaba entonces en una Francia que acababa de vivir una memorable revolución, el expediente había sido examinado y el inventor obtenía la patente del tourbillon, un sistema complejo que se convertiría en una de las mayores complicaciones relojeras de todos los tiempos.

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Reloj Breguet n.º 2567.

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Reloj Breguet n.º 2567.

La invención de este ingenioso mecanismo, de una complejidad sin igual, fue el centro de una verdadera aventura humana que aún hoy contribuye en gran medida a la notoriedad de su creador, Abraham-Louis Breguet, y de su Maison.

Los inventos técnicos son la expresión de una época y rara vez sobreviven al paso del tiempo, pues acaban siendo arrastrados por las olas de un progreso continuo en el que una innovación reemplaza a la otra. ¡Pero algunas raras resisten y consiguen sorprender!

Desarrollado hace más de dos siglos por Abraham-Louis Breguet (1747-1823) y considerado una de las mayores complicaciones de todos los tiempos, el tourbillon nunca había estado tan vivo en la Alta Relojería como hoy.

No solo sigue desarrollándose en la Maison, su depositaria, sino que ha sido adoptado por muchas marcas relojeras, pues Breguet lo patentó en 1801... ¡solo por diez años!

También inspiró a otros investigadores a lo largo del siglo XIX, como a Bahne Bonniksen, quien a partir del mismo principio creó el Carrusel.

La fascinación por el invento de Breguet se origina en la propia génesis de esta proeza: el tourbillon no es un objeto de arte mecánico, sino el resultado de observaciones físicas precisas; una verdadera aventura humana y una epopeya industrial en sí.

Un hombre con experiencia

El tourbillon emana del espíritu brillante de un hombre con una rica experiencia.

Abraham-Louis Breguet nació en Neuchâtel, Suiza, en 1747. Allí inició su aprendizaje como relojero, que continuó en Versalles y París, donde llegó a los 15 años.

En la capital francesa, resplandeciente faro para el mundo entero, el joven Breguet siguió una formación teórica en el Collège Mazarin que lo convirtió en un hombre con una cultura científica muy sólida, en particular en matemáticas y física.

Un ingeniero adelantado a su tiempo.

Cuando Breguet presentó su idea en 1801 y solicitó una patente a las autoridades, ya tenía una larga carrera a sus espaldas, pues había instalado su propio negocio en la Île de la Cité 25 años antes.

Sus relojes automáticos, llamados «perpétuelles», sedujeron al rey Luis XVI y a la reina María Antonieta, y posteriormente a toda la corte de Versalles.

Sus numerosas innovaciones técnicas, su sentido del diseño, sobrio y minimalista, lo convirtieron en un innovador de prestigio internacional.

Su nombre fue haciéndose cada vez más conocido en las principales capitales y muchos otros lo imitaban.

BREVET-D'INVENTION

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Carta del ministro del Interior concediendo a Breguet la patente para el Regulador Tourbillon.

Un regreso triunfal

Obligado a regresar a su país natal en 1793 para protegerse de los excesos de la Revolución Francesa, pues temía por su vida, Breguet vivió dos años en Suiza, concretamente en Ginebra, Neuchâtel y Le Locle.

Consagró parte de su tiempo a dedicarse, a distancia, a su taller de París confiado a uno de sus más fieles colaboradores, Thomas Boulanger.

Aunque no faltaron las dificultades, también siguió formando a su único hijo, Antoine-Louis, nacido en 1776.

Sin embargo, se puede considerar este período como un retiro saludable, un período de intenso trabajo intelectual y de intercambio con los relojeros suizos, tanto los de Ginebra como los del Jura de Neuchâtel.

A su regreso, sus reflexiones contribuyeron a dar un segundo impulso, realmente deslumbrante, a su carrera.

Lo menos que podemos decir es que, al acercarse a los cincuenta años, el gran Breguet, lejos de estar agotado, ¡todavía tenía muchos ases en la manga!

En los cinco años posteriores a su regreso a París, que tuvo lugar en la primavera de 1795, la Maison presentó a su clientela, ya internacional y cosmopolita, productos innovadores como el reloj de tacto (que permite leer la hora mediante el tacto), el péndulo simpático (en el que un péndulo pone en hora y regula un reloj colocado en la parte superior), el reloj de suscripción (asombrosamente minimalista), un nuevo escape denominado «de fuerza constante» y un nuevo dispositivo llamado «regulador de tourbillon».

Cabe señalar que solicitó una patente para estas dos últimas invenciones, pero no para las demás…

Breguet-Tourbillon-No-2567

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Reloj Breguet n.° 2567 en el boletín de las leyes de la república que anuncia la atribución de la patente del regulador de tourbillon a Abraham-Louis Breguet.

Un desafío y el significado de una palabra

A fuerza de reflexión y de observación, por sus viajes y su frecuentación de relojeros suizos, ingleses y franceses, Breguet adquirió una perfecta comprensión de los elementos que pueden perturbar la precisión de los relojes.

Se interesó por los metales, los lubricantes, los distintos tipos de escape, la colocación de las piedras...

Y, como siempre, hizo muchas cosas al mismo tiempo.

Sin embargo, un pensamiento en particular no dejaba de surgir: evidentemente, no podía resolver todos los problemas de su profesión, pero tenía una solución que podía resultar decisiva.

Como buen conocedor de las leyes de la física, observó los efectos de la gravedad en los relojes, que se llevaban entonces a lo largo del cuerpo y, por tanto, en posición principalmente vertical.

Un dispositivo original podría compensar las leyes de la física que perturban el funcionamiento interno de un reloj y perjudican su regularidad de marcha.

Aunque Breguet no podía alterar la gravedad, tal vez podía «domar» sus efectos.

¿Quién más que Breguet podía proponer un proyecto como ese, científicamente sólido y al mismo tiempo un poco optimista?

Toda esa coyuntura fue necesaria para que naciera el proyecto bautizado por su inventor como tourbillon, una palabra cuyo significado es con frecuencia mal interpretado, ya que se refería a la astronomía en un sentido hoy ya olvidado.

Como se recoge en los grandes diccionarios del siglo XIX, que evocaban tanto a Descartes como a la Enciclopedia, la palabra servía para designar tanto un sistema planetario y su rotación sobre un eje único como la energía que hacía girar los planetas en torno al Sol.

Lejos del significado actual de «rotación violenta» o de «tormenta incontrolable», la palabra elegida por Breguet es la de un hombre de los tiempos de la Ilustración que observaba el mundo antes de imitarlo, haciéndose eco de los filósofos del siglo XVIII que veían en la relojería una representación miniaturizada del cosmos.

Y, en efecto, cómo no ver un pequeño mundo bien ordenado en este mecanismo que reúne el órgano regulador (volante espiral) y el órgano de distribución (rueda de escape y áncora) en una jaula móvil que gira con la regularidad de los planetas…

Breguet N°1176

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Reloj Breguet Tourbillon n.º 1176 vendido al conde Potocki en 1809. Su fabricación requirió casi siete años. Su jaula efectúa una rotación completa en cuatro minutos.

La carta al ministro y el expediente

Para obtener su patente en 1801 en una Francia (ya) acosada por una administración poderosa y procedimental, Breguet tuvo que superar el obstáculo del expediente de solicitud, ilustrado con una lámina de acuarela y precedido de una carta al ministro del Interior.
 

Ciudadano Ministro:

Tengo el honor de presentarle una memoria que contiene la descripción de un nuevo invento aplicable a las máquinas para medir el tiempo y que he denominado regulador de tourbillon (...).

Gracias a este invento, he logrado anular por compensación las anomalías debidas a las distintas posiciones de los centros de gravedad del movimiento del regulador y de los agujeros en los que se mueven sus pivotes, de modo que la lubricación de las partes en rozamiento sea siempre igual a pesar de la coagulación de los aceites y se reduzcan muchas otras causas de error que afectan a la precisión del movimiento (...).

Considerando todas estas ventajas, los medios perfeccionados de producción que dispongo, los gastos considerables en los que me he comprometido para procurarme estos medios, he decidido tomar un privilegio para fijar la fecha de mi invento y asegurarme las compensaciones.

Saludo y respeto,

BREGUET

Un camino largo

Si consideramos que el tourbillon maduró en el espíritu de Breguet entre 1793 y 1795 (durante su estancia en Suiza), pasaron seis años entre su regreso a París y la obtención de la patente, el 26 de junio de 1801.

Transcurrieron otros seis años entre la obtención de la patente y las primeras ventas, que empezaron muy lentamente.

Puede parecer mucho tiempo, pero… ¿acaso ciertos desarrollos relojeros no tardan también mucho hoy en día?

Se comprende entonces que probablemente Breguet subestimó las dificultades de puesta a punto de este nuevo tipo de regulador –otro efecto de su habitual optimismo– y que los «gastos considerables» y los «sacrificios» que mencionó en su carta al ministro del Interior no cesaron en 1801…

Abraham-Louis Breguet necesitó más de diez años para desarrollar y fiabilizar este invento extremadamente complejo.

El maestro hablaba de su invento cada vez que podía y aprovechaba las exposiciones nacionales de Productos de la Industria que se llevaban a cabo en París en 1802, 1806 y 1819 para elogiar este mecanismo gracias al cual los guardatiempos «conservaban la misma precisión de marcha, sea cual sea la posición, vertical o inclinada, del reloj», o, dicho de otra manera, tienen la «propiedad de conservar la misma marcha en todas las posiciones verticales de manera prácticamente idéntica a la marcha en plano».

Seguro de la pertinencia de su invento, que se podía incorporar en varios tipos de relojes, Breguet y sus colaboradores realizaron 40 tourbillons entre 1796 y 1829, a los que se añadieron otras nueve piezas que nunca fueron terminadas y que figuran en los libros como pasadas a pérdidas y ganancias, desechadas o perdidas…

Breguet 1188

Clientes célebres y vida operacional

Un análisis completo de los archivos disponibles permite establecer con precisión la lista y la historia de cada una de esas piezas.

Hay 35 relojes, de los cuales más de la mitad tienen una jaula que efectúa su rotación en cuatro o seis minutos, mientras que la patente describe una jaula que gira en un minuto.

También hay otros cinco objetos únicos: un péndulo simpático y un conjunto péndulo-reloj, un modelo de demostración de gran formato, un cronómetro de marina y un péndulo de viaje…

No es sorprendente que entre los compradores figuren varios soberanos (Jorge III y Jorge IV de Inglaterra, Fernando VII de España), aristócratas rusos (príncipes Yermoloff, Gagarin, Repnin, Demidoff…) y eminentes personalidades europeas procedentes de Polonia (conde Potocki), de Prusia (príncipe Hardenberg), de Italia (conde d’Archinto, G.B. de Sommariva), de Hungría (barón Podmaniczky) y de Portugal (caballero de Brito).

Muchos de estos compradores sabían de Breguet desde hacía mucho tiempo y eran auténticos conocedores de la relojería de su época.

Jorge III y su hijo, el Príncipe de Gales, eran clientes desde al menos 1790. Sin embargo, en el tourbillon n.º 1297, adquirido en 1808 por Jorge III, es el nombre de Recordon, agente de Breguet en Londres, el que aparece en la esfera y en la platina, siendo visible una discreta firma de Breguet solo debajo de la jaula del tourbillon. Se sospecha que esto puede deberse a razones diplomáticas, ya que mostrar un reloj firmado por un relojero que trabajaba en París no habría sido apropiado en aquella época para el jefe de una nación en guerra con Napoleón...

No fue hasta la caída del imperio francés cuando el futuro Jorge IV, entonces príncipe regente, adquirió el tourbillon n.º 1252. En cuanto a los miembros de la familia real española, también conocían a Breguet desde hacía mucho tiempo, y desde su exilio en Francia el que se convertiría en el rey Fernando VII tras la caída de Napoleón y su hermano José Bonaparte (instalado en el trono español) adquirió el tourbillon n.º 2514.

Se ha destacado muy poco hasta ahora que un cuarto de estos tourbillons tuvo con certeza un uso «naval», es decir que fueron adquiridos por armadores o marinos y empleados para la navegación en el mar y el cálculo de la longitud. Un explorador de África, el inglés Joseph Ritchie, le dio el mismo uso. Thomas Brisbane se fue a Australia con el suyo. Nada menos que cuatro tourbillons pasaron por las manos de Joseph Ducom, agente de Breguet en el puerto de Burdeos. En 1815, el futuro almirante francés Charles Baudin recibió en préstamo un «reloj marino tourbillon con escape constante» para fines experimentales. Probablemente satisfecho, lo compró al año siguiente. Algunas piezas se utilizaron durante medio siglo en los mares del mundo. Además, algunas pertenecieron a destacados científicos.

A todas luces, y según la clasificación del mismo Breguet, el tourbillon pertenecía a la relojería de uso científico por oposición a la relojería de uso civil. Los compradores habían comprendido la mayor precisión ofrecida por el dispositivo y se beneficiaban de ella.

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El reloj Breguet n.º 282 es el primer tourbillon conocido. Permaneció en la Maison y finalmente fue vendido en 1832 por el hijo de Breguet, Antoine-Louis.

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El reloj Breguet n.º 282 es el primer tourbillon conocido. Permaneció en la Maison y finalmente fue vendido en 1832 por el hijo de Breguet, Antoine-Louis.

Un éxito a largo plazo

Estos tourbillons, dotados de una caja de oro o de plata, eran obras maestras cuya estética estaba a la altura de la técnica. Considerados como puros objetos científicos, debían tener, sin embargo, un aspecto más refinado. Las esferas de los tourbillons estaban entre las más hermosas de Breguet. Perfecta legibilidad –era la firma de la Maison– y funciones que se podían añadir sobre las esferas de oro, plata o esmalte: segunderos centrales, segunderos a demanda, reserva de marcha, a veces termómetro… Ninguna pieza era igual al resto. El dispositivo del tourbillon se podía adaptar a varios tipos de escape y a varios tipos de reloj.

Sin embargo, la producción era muy lenta. En 1802, tras la obtención de la patente, se empezaron a producir seis relojes de tourbillon. La realización de cada una de las piezas llevó entre cinco y diez años. En 1809, aprovechando el auge de los negocios y las esperanzas que tenía depositadas en el mercado ruso por la apertura de una sucursal en San Petersburgo, Breguet empezó la fabricación de 15 nuevos tourbillons, de los que la mitad no se terminó hasta 1814. El cronómetro de marina con tourbillon fue una pieza única, al igual que el péndulo portátil, el último tourbillon de la secuencia original. ¿Dificultad para fabricar estas piezas, largo trabajo de desarrollo, escasez de mano de obra capaz de realizarlas? Probablemente…

En cuanto a los precios (en francos oro, moneda de la época), no parecen excesivos, ni mucho menos. De hecho, están dentro de la gama de «precios Breguet», al igual que el margen de la Maison: los modelos sencillos con caja de plata y jaula de tourbillon que giraba en un minuto se vendían por unos 2000 francos, mientras que los modelos con complicaciones, que incluían un segundero automático y un pequeño indicador de segundos que se podía activar a la demanda, una caja de oro finamente decorada y una jaula de tourbillon que giraba en cuatro minutos, se vendían por entre 3000 y 5000 francos.

Si bien el tourbillon deleitaba a los fieles de Breguet, no aportó a su autor la compensación económica que merecían sus esfuerzos. La explicación está en el hecho de que Breguet se pasó toda la vida buscando soluciones para mejorar la marcha de los relojes... ¡y encontró otras más simples!

El tourbillon, estrella fugaz en el firmamento relojero, una idea genial nacida del pensamiento del Siglo de las Luces, se desvaneció sin llegar a desaparecer del todo. Aún no había dicho su última palabra.

Un patrimonio venerado e inspirador

Precioso testimonio de un pasado fecundo, los tourbillons de la época del inventor fascinan desde siempre a los grandes coleccionistas y a los historiadores de la relojería, desde Sir David Salomons hasta George Daniels.

Una docena de piezas se conservan en museos: tres forman parte de las colecciones del Museo Breguet, tres se conservan en el British Museum y en otros museos de Inglaterra, otros en Italia, Jerusalén y Nueva York.

Otros 15 están en manos de coleccionistas privados.

Recientemente se han vendido dos piezas en subastas.

En total, casi 30 de las 40 piezas han sobrevivido, una proporción que dice mucho de la fascinación que suscita el tourbillon.

Un renacimiento fulgurante

La Maison Breguet siempre ha conservado con esmero las piezas producidas por su fundador. En 1890 volvió a fabricar una pieza creada para el zar Alejandro III de Rusia, un péndulo de viaje con tourbillon. Treinta años después se lanzó a la producción de algunos nuevos modelos de bolsillo con tourbillon que vendió en los años 20 y 50 del siglo pasado. Solo unos pocos conocedores fueron informados.

A partir de ahí empezó un renacimiento tan inesperado como fulgurante. Concebido para los relojes de bolsillo, que por lo general se llevaban en posición vertical, el invento de Abraham-Louis Breguet reapareció en los años 80 en la reducida caja de los relojes de pulsera, mucho menos sensibles a la atracción terrestre.

¡Qué paradoja! ¡Y esta situación dura desde hace cuarenta años!

Si bien el aumento de la precisión ya no es la principal ventaja, los conocedores ilustrados solo desean contemplar la belleza de un invento y deleitarse con la más elegante expresión de la relojería, especialmente cuando esta compone –al igual que A.-L. Breguet– una sinfonía de ciencia, arte y poesía…

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Reloj Breguet n.º 986, vendido en 1926 a Jean Dolfus. Obtuvo un Bulletin de première classe y un primer premio del Observatorio de Neuchâtel.

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Reloj Breguet n.º 986, vendido en 1926 a Jean Dolfus. Obtuvo un Bulletin de première classe y un primer premio del Observatorio de Neuchâtel.

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