SOBRE EL NACIMIENTO DEL TOURBILLON
by Emmanuel BreguetEl 26 de junio de 1801, o más exactamente el 7 de mesidor del año IX, cuando en Francia seguía vigente el calendario republicano, Abraham-Louis Breguet obtuvo de la administración competente, y por un período de diez años, una patente para un nuevo tipo de regulador denominado «tourbillon». Algunos meses antes, el 24 de diciembre de 1800 (3 de nivoso del año IX), el relojero había presentado el expediente técnico completo acompañado de su lámina en acuarela, fruto de profundos estudios y minuciosos experimentos.
Era la segunda vez que Breguet solicitaba y obtenía una patente. Tres años antes, el 9 de marzo de 1798 (19 de ventoso del año VI), había patentado «un escape de fuerza constante» aplicable tanto a relojes como a péndulos. No habría una tercera vez, pues Breguet no consideró necesario registrar nuevas patentes después del tourbillon. ¿Le parecía demasiado pesado el procedimiento o simplemente inútil en su caso? La cuestión podría debatirse largamente.
La patente francesa de invención, establecida por la ley del 7 de enero de 1791, era —y sigue siendo— un título de propiedad que otorgaba a su titular un monopolio temporal para la explotación industrial y comercial de su invención, así como protección jurídica, especialmente frente a las falsificaciones, a cambio de su publicación.
En el expediente «tourbillon», conservado en París en los archivos del Institut National de la Propriété Industrielle (INPI), figura la carta de acompañamiento dirigida al ministro del Interior, de quien dependía el servicio de patentes. En estas pocas líneas, Breguet trataba de resumir su pensamiento y de hacer comprensible, para quienes no estaban familiarizados con los entresijos de la relojería, un procedimiento original, nuevo y complejo. Esta carta, característica del estilo epistolar de Breguet, merece ser citada íntegramente:
Breguet, al ministro del Interior.
Ciudadano Ministro:
Tengo el honor de presentarle una memoria que contiene la descripción de una nueva invención aplicable a las máquinas destinadas a medir el tiempo, a la que doy el nombre de Regulador de Tourbillon, así como la solicitud de un privilegio para fabricar estos Reguladores durante un período de diez años.
Por medio de esta invención he conseguido anular, por compensación, las anomalías debidas a las distintas posiciones de los centros de gravedad del movimiento del Regulador; distribuir los rozamientos por todas las partes de la circunferencia de los pivotes de este regulador y de los orificios en los que dichos pivotes se mueven; hacer que la lubricación de las partes sometidas a fricción sea siempre la misma a pesar de la coagulación de los aceites; y, por último, eliminar muchas otras causas de error que influyen en mayor o menor medida en la precisión del movimiento y que, hasta hoy, el arte solo podía combatir mediante innumerables tanteos y, con frecuencia, sin certeza alguna de éxito.
Teniendo en cuenta todas estas ventajas, los medios perfeccionados de fabricación de los que dispongo y los considerables gastos en los que he incurrido para procurarme dichos medios, he decidido solicitar un privilegio con el fin de fijar la fecha de mi invención y asegurarme la compensación debida por mis sacrificios.
Saludos y respeto,
Breguet
Quai de l’Horloge n.º 51.
Seis meses más tarde, la respuesta oficial del ministro del Interior, Jean-Antoine Chaptal, satisfizo la solicitud de Breguet, seguida poco después por la publicación del decreto en el Bulletin des Lois de la République.
Resulta curioso señalar que el mismo Chaptal había comprado a Breguet, el 21 de noviembre de 1800 (30 de brumario del año IX), un reloj de repetición con el n.º 621.
Con el tourbillon, Breguet creó un dispositivo que contribuiría considerablemente a su notoriedad. Después de una larga lista de inventos —el reloj perpetuo, el resorte de timbre, el pare-chute y, más recientemente, el péndulo sympathique y el reloj à tact—, volvía a demostrar la fecundidad de su genio.
Una vez más, como auténtico pionero, creó tanto la palabra como el objeto, y las palabras, al igual que las invenciones, no surgían por casualidad. ¿Qué significa realmente la palabra «tourbillon», hoy tan célebre en su acepción relojera, tan utilizada y quizá tan poco comprendida? ¿Qué razones le llevaron a escogerla como el término más adecuado?
Los significados más conocidos de la palabra tourbillon resultan desconcertantes: rotación violenta, desplazamiento imprevisible e impetuoso, tormenta incontrolable o, en sentido figurado, comportamiento agitado… Todo ello parece encajar mal con la calma y la regularidad de un movimiento relojero. «Árboles arrancados por un torbellino», «en este río hay remolinos muy peligrosos» o «el torbellino de los negocios y los placeres» son ejemplos que aparecen con frecuencia en los diccionarios.
La analogía con la relojería debe buscarse, por tanto, en otro lugar. Para ello, la consulta de dos grandes obras de referencia, el Grand dictionnaire universel du XIXe siècle de Pierre Larousse y el Dictionnaire de la langue française de Émile Littré, resulta esclarecedora.
En efecto, existe otro significado de «tourbillon», casi olvidado hoy en día. Es el que Descartes define en sus Principes: «Los planetas giran alrededor de su sol, transportados por su torbellino», cita Larousse, mientras que Littré, de manera más explícita, habla del «nombre que los cartesianos daban a la revolución de un planeta o de un astro alrededor de su centro y al movimiento de la materia circundante que lo acompaña». Un siglo más tarde, d’Alembert retomaría y explicaría esta idea, nuevamente citado por Littré: «Este gran filósofo [Descartes], en una época en que las observaciones astronómicas, la mecánica y la geometría eran todavía muy imperfectas, imaginó, para explicar los movimientos de los planetas, la ingeniosa y célebre hipótesis de los torbellinos».
En la frontera entre la astronomía y la filosofía, la palabra tourbillon designa así un sistema planetario y su rotación alrededor de un único eje. Nos encontramos aquí en el ámbito de la regularidad y de lo definido, muy lejos de los caprichos meteorológicos, y de ahí surge indiscutiblemente la analogía con la relojería, ciencia en la que los filósofos del siglo XVIII gustaban de ver una transposición en miniatura del cosmos.
Es precisamente a este significado al que alude Breguet, hombre de la Ilustración, lector de Descartes y de la Encyclopédie, al elegir este término, recurriendo a los conocimientos adquiridos durante sus años de estudio con el abad Marie, un eclesiástico apasionado por las matemáticas y la astronomía. Ya había tomado prestado vocabulario de la filosofía al calificar de «movimiento perpetuo» sus relojes automáticos, y de la fisiología con su péndulo «sympathique» y sus relojes «à tact».
Su tourbillon es, por tanto, un nuevo procedimiento que, mediante su rotación constante, anula los efectos de la gravedad terrestre.
Abraham-Louis Breguet parte, en efecto, de la constatación de que la gravedad terrestre es enemiga de la regularidad de los movimientos relojeros, ya que provoca variaciones de marcha cada vez que cambia la posición de un reloj mientras se lleva puesto.
Para resolver este problema de la gravedad terrestre, inherente a toda actividad humana, el maestro tuvo la idea de instalar todo el escape —es decir, el volante-espiral, el áncora y la rueda de escape, las piezas más sensibles a la gravedad— en una jaula móvil que efectúa una rotación completa cada minuto. De este modo, al reproducirse regularmente todos los defectos, estos se compensan entre sí. Además, el cambio continuo del punto de contacto de los pivotes del volante con sus piedras garantiza una mejor lubricación.
Genial en su principio, pero extremadamente complejo de realizar, el tourbillon estaba todavía lejos de ser «operativo» durante el verano de 1801. Después de dos modelos experimentales —el reloj n.º 169, ofrecido en 1809 al hijo del relojero londinense John Arnold, y el reloj n.º 282, terminado en 1800 y vendido mucho más tarde por el hijo de Breguet—, el primer tourbillon no se comercializaría hasta 1805.
Al año siguiente, la invención se presentó al público durante la Exposition Nationale des Produits de l’Industrie, celebrada en París, en la Esplanade des Invalides, en septiembre y octubre de 1806. Descrito como un mecanismo gracias al cual los guardatiempos «conservan la misma exactitud, cualquiera que sea la posición, vertical o inclinada, del reloj», el regulador de tourbillon no dejaría desde entonces de fascinar.
Los grandes aficionados a la relojería no pudieron resistirse a su atractivo: el célebre mecenas y coleccionista italiano Sommariva, monseñor Belmas, obispo de Cambrai, los Borbones de España, que llegarían a poseer hasta tres tourbillons adquiridos entre 1808 y 1814, o el príncipe regente de Inglaterra, quien en 1814 adquirió un tourbillon de grandes dimensiones montado en la parte superior de un cono de bronce dorado.
Algo misterioso y reservado a los iniciados, solo se vendieron 35 ejemplares de tourbillon entre 1805 y 1823, año de la muerte del maestro. Sin embargo, sus sucesores se impusieron el deber de perpetuar este savoir-faire excepcional hasta nuestros días, añadiéndole nuevas proezas: tourbillons sencillos o dotados de complicaciones adicionales. Hoy ningún aficionado a la relojería en el mundo puede ignorar la magnífica invención de Breguet, recuperada en forma de reloj de pulsera durante la década de 1980. Por no hablar de las numerosas manufacturas que producen actualmente innumerables tourbillons.
Aunque los avances de la relojería han permitido obtener una regularidad mucho mayor mediante soluciones más convencionales, el tourbillon, patentado en 1801, sigue siendo una gran invención, una creación mítica en la trayectoria de Breguet. Por sus discretos vínculos con la astronomía y las ciencias humanas, se inscribe asimismo históricamente en un momento clave del pensamiento europeo.